Mamá no fue solo la mujer que me dio la vida.
Fue mi primer refugio, mi primer espejo, mi primer idioma emocional.
Antes de aprender a hablar, yo ya la sentía.
Antes de saber quién era, ya sabía cómo era ella por dentro.

Y desde entonces, una parte de mí siempre la ha estado buscando.

El vínculo con mamá comienza antes de nacer. Mucho antes.
Desde el instante en que fuimos un susurro en su interior, su mundo emocional ya nos tocaba.
Si tenía miedo, lo sentíamos. Si estaba sola, lo percibíamos.
Si deseaba nuestra llegada o no sabía cómo hacerlo, eso también lo aprendimos en silencio.

No hacen falta palabras para que se instale una herida.
A veces, basta un gesto ausente. Una mirada que no mira. Un abrazo que se da con culpa. Y entonces, sin entender por qué, empezamos a moldearnos para no perder su amor. Aprendimos a estar quietas, a no molestar, a ser perfectas, a hacer felices a otros, a ser fuertes, a no necesitar nada…

Crecimos siendo la hija que mamá podía tolerar. Pero esa, no siempre fue la que realmente éramos.

“Lo que duele no es solo lo que pasó… también es lo que faltó»

Sanar el vínculo con mamá es atreverse a mirar eso.
No con rabia ni con juicio.  Sino con la compasión de quien entiende que también ella fue una niña buscando amor en otra mujer que tampoco supo dárselo.

Sanar a mamá es sanar a la niña

Esa niña que fuiste, que aún vive en tu interior, necesita más que una explicación racional.
Ella necesita que por fin alguien la escuche. Que alguien la abrace sin pedirle que se porte bien. Que le digan: «No fue tu culpa. No hiciste nada mal. Yo ahora te veo».

Sanar el vínculo con mamá no es culparla, ni justificarla. Es liberarse.
Es poder decir: «Te honro por la vida que me diste. Y ahora sigo el camino a mi manera».
Es reconciliarte con tu historia para no seguir exigiendo a otros el amor que te faltó.

Es aprender a ser la madre de tu propia niña.

El amor más difícil… y el más necesario

Hay quien pasa la vida entera intentando reparar el vínculo con mamá a través de parejas, amistades o hijos.
Pero solo cuando nos atrevemos a mirar de frente esa herida original, empieza la verdadera sanación.

Ese trabajo es profundo. A veces duele. Pero también es sagrado.
Porque cuando una mujer se reconcilia con la madre que habita en su interior, todo en su vida empieza a ordenarse: sus vínculos, su cuerpo, su voz, su autoestima, su capacidad de amar sin perderse.

Si esta lectura tocó algo en ti…

Si sientes que aún hay partes de tu historia con mamá que te duelen, si quieres entender por qué te cuesta cuidarte, poner límites o confiar…
Te ofrezco empezar a sanar ese vínculo desde un lugar amoroso, profundo y contenido.

Te invito a un espacio terapéutico donde no necesitas ser fuerte ni perfecta. Solo real. Solo tú.
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Porque sanar el vínculo con mamá no es traicionarla.
Es honrarte a ti.
Y, tal vez, liberaros a ambas.

Mom and daughter in the park

Lo que mamá dejó en mí: el primer amor y la primera herida

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